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La diáspora

 

En el decurso de la Guerra Civil, en función de la evolución de los frentes, centenares de miles de personas tuvieron que emprender el camino del exilio tanto a través de los pasos fronterizos terrestres como por vía marítima.


El desenlace de la Batalla de la Ebro y la ofensiva de las tropas nacionales sobre el territorio de Cataluña, acompañada de bombardeos indiscriminados sobre diversas poblaciones catalanas, obligaron a centenares de miles de desplazados de diversas zonas de la península, soldados, funcionarios y ciudadanos de Cataluña fieles a la República, a dirigirse, la mayoría a pie, hacia los Pirineos, de camino hacia el Estado vecino. Francia ya había recibido como mínimo tres oleadas de refugiados coincidiendo con el avance de las tropas franquistas en agosto-setiembre de 1936; después de la batalla de Irún, en abril-octubre de 1937, con la ocupación del litoral cantábrico; y en la primavera de 1938, después de la ocupación del Alto Aragón y de parte del Pirineo de Lleida. A pesar de estos precedentes, las autoridades francesas no estaban preparadas para recibir el alud humano que se concentró en su frontera a finales de enero de 1939 y tardaron unos días en abrir los pasos fronterizos. No fue hasta la noche del 27 al 28 de enero de 1939 que se autorizó el paso a los primeros refugiados, mujeres, ancianos y niños. Tres días más tarde permitieron la entrada de los heridos de guerra y finalmente, a partir del 5 de febrero, de los soldados del Ejército Popular.


Pocos días después, el 10 de febrero, las tropas dirigidas por el general Franco controlaban todos los pasos fronterizos con Francia, con la excepción de la bolsa del Coll d’Ares que resistió hasta el 13 de febrero. La ocupación franquista de Cataluña había acabado.


La suerte de estos centenares de miles  de refugiados fue diversa. Después de pasar la mayoría de ellos por campos de concentración franceses, algunos regresaron al cabo de pocos meses a la España franquista, de manera más o menos voluntaria, donde en algunos casos les esperaban también las prisiones y los campos de concentración franquistas. Una parte importante de profesionales liberales, intelectuales y políticos viajaron hacia América, sobre todo hacia México, mientras que otro grupo de exiliados considerado más popular, en comparación con el anterior, se quedó en Francia donde pocos meses más tarde se verían inmersos en otro conflicto bélico, la Segunda Guerra Mundial.



Las pisadas sobre la arena y el laberinto del MUME
ejemplifican la experiencia de los primeros meses en
los campos franceses y el laberinto de recorridos vitales
que se inició a partir de entonces y que en algunos casos
llega hasta nuestros días.

 

1. El exilio republicano en Francia

Para muchos catalanes y españoles, Francia (con sus colonias del Norte de África incluidas) se convirtió en el primer estadio de su exilio. Para algunos fue sólo una zona de paso hacia otros destinos más o menos afortunados (otros países europeos, Latinoamérica o para algunos, desgraciadamente, los campos de concentración nazis); para otros una residencia temporal antes del regreso a España, y para un número considerable incluso una patria de adopción definitiva.

Los primeros meses del exilio en Francia no fueron fáciles para los centenares de miles de refugiados españoles. El Estado francés no había anticipado un éxodo de esta magnitud y se vio desbordado por las circunstancias. Los campos de concentración franceses, inicialmente previstos para los militares republicanos, acabaron también acogiendo a mujeres y niños. Simultáneamente, los heridos y mutilados de guerra habían sido trasladados a hospitales franceses. Una vez recuperados, muchos de ellos también tuvieron como destino los campos de refugiados dispersos por la geografía francesa, aunque la mayoría estaban situados en la zona de la Cataluña del Norte. (link a mapa dels camps de concentració exposat al MUME)

La improvisación de las autoridades francesas se puso también de manifiesto en las condiciones de vida en los campos de concentración. A menudo no eran más que extensiones de playa rodeadas por alambre de púas donde se amontaban los internos y estaban expuestos a las inclemencias del tiempo, sólo protegidos por agujeros que ellos mismos hacían en la arena y tapándose como podían con ramas o telas. Y todo ello acompañado de una alimentación de supervivencia, si se puede calificar así, a la que se sumaban los abusos y la violencia de los vigilantes de los campos, a menudo de origen senegalés y norteafricano.

 

2. Europa durante los años de plomo. Los exiliados republicanos en el contexto de la Segunda Guerra Mundial

Pocos meses después de la llegada de los refugiados republicanos en Francia estallaba la Segunda Guerra Mundial. La Alemania del III Reich invadió Polonia el 1 de setiembre de 1939, lo que fue el detonante del conflicto bélico. El 10 de mayo de 1940 Alemania lanzaba una gran ofensiva sobre Holanda, Bélgica, Luxemburgo y, finalmente, Francia. Con el armisticio francoalemán, firmado en el bosque de Compiègne el 22 de junio, se establecía la ocupación alemana de gran parte del territorio francés, básicamente las zonas del norte, incluido París, y la costa atlántica francesa hasta la frontera con España.

 

Se puede considerar que, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, se iniciaba una nueva etapa para los refugiados republicanos establecidos en territorio francés.

 

Algunos, ya en la primavera de 1939, se habían inscrito voluntariamente en las Compañías de Trabajadores Extranjeros (CTE). Un alistamiento que, al menos, comportaba una salida temporal de las duras condiciones de vida de los campos de concentración. Aunque las condiciones de trabajo en la industria de guerra y en las zonas rurales eran muy duras, los inscritos en estas compañías obtenían a cambio un pequeño sueldo, alojamiento y una manutención más o menos digna.

 

Con la ocupación nazi, algunos de ellos se convirtieron en mano de obra de las industrias de guerra alemanas. Un ejemplo fue la Organización Todt, encargada de la fortificación de la costa atlántica. Unos cuantos miles, aproximadamente 9.000, fueron a parar a los campos de concentración y de exterminio nazis. La mayor parte no sobrevivieron a la brutalidad de aquel internamiento.

 

El paso de los exiliados republicanos por los campos nazis nos ha dejado algunos testimonios de gran valor histórico y humano como las copias de las fotografías que Francesc Boix reveló clandestinamente desde dentro del campo de Mauthausen y que fueron una prueba incriminatoria de gran valor en el Proceso de Nuremberg. Otro de los primeros testimonios imprescindibles de aquella experiencia fue la novela K. L. Reich, del deportado a Mauthausen Joaquim Amat-Piniella, escrita entre 1945-46 y publicada en 1963.

 

Otros refugiados fueron más o menos obligados a incorporarse a la Legión Extranjera o a los regimientos de marcha y transferidos a Argelia mientras que, simultáneamente, unos pocos miles se incorporaban a las filas de los ejércitos aliados. Y un grupo no menos numeroso colaboró activamente en la Resistencia y los maquis, participando en operaciones de sabotaje contra intereses alemanes, actividades que una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial les hicieron ganar gran respeto entre los ciudadanos franceses.

 

3. El viaje a América

Las autoridades republicanas en el exilio constituyeron una serie de organismos para ayudar a los refugiados con subsidios y facilitar su traslado a terceros países. Entre estos organismos, destacan básicamente dos que tendrían un papel primordial en la emigración de exiliados españoles hacia Latinoamérica, el SERE (Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles) y la JARE (Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles), organismos que a su vez serían una manifestación más de las tensiones, divisiones y escisiones políticas que habían debilitado a la Segunda República.

 

Estas organizaciones tampoco escaparon a las críticas de gran parte de los refugiados que veían cómo éstas ayudaban básicamente a exiliados con recursos, con determinadas afinidades políticas y de colectivos profesionales concretos.

 

El principal país receptor de exiliados en Latinoamérica fue México, donde llegaron tres grandes expediciones navales, las del Sinaia, el Mexique y el Ipanema, a bordo de las cuales iban personalidades como Lluís Ferran de Pol, Marcel Santaló, Miquel Santaló, Avel·lí Artís Gener Tísner o Pere Calders, entre otros.

 

Otros contingentes importantes de exiliados llegaron a la República Dominicana a bordo de los barcos Cuba y De la Salle, y a Chile, donde llegó una única expedición a bordo del Winnipeg.

 

Aunque en menor medida, Colombia, Argentina, Uruguay y Venezuela también fueron países de acogida de exiliados españoles.

 

El exilio en Latinoamérica se intensificó una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial ante la dolorosa constatación que la comunidad internacional no intervendría para acabar con la dictadura franquista que se había ido consolidando a lo largo del conflicto bélico mundial.

 

4. El franquismo y la transición a la democracia

La trayectoria y vicisitudes de las instituciones políticas republicanas, así como de los partidos políticos y las organizaciones sindicales en el exilio, es una historia de disensiones, fracturas y enfrentamientos continuos con fórmulas e intentos de organización políticos débiles y efímeros como la constitución del primer y último Gobierno de la Generalitat en el exilio en setiembre de 1945. Dos años más tarde, las sucesivas renuncias de consejeros, las discrepancias internas y el divorcio entre este Gobierno del exilio y la resistencia contra el franquismo desde el interior del país, comportaron su disolución. En el exilio sólo se mantuvo la institución política del presidente de la Generalitat. Este cargo fue ocupado, después de la trágica muerte del presidente Lluís Companys en 1940, por Josep Irla hasta el 1954, cuando fue sustituido por Josep Tarradellas, quien pudo regresar a Barcelona en 1977 como presidente de la Generalitat restablecida.

 

La experiencia en la Resistencia francesa contra la ocupación alemana había animado a muchos exiliados republicanos a continuar la lucha armada contra Franco a través de grupos de guerrilleros conocidos como maquis, que estaban adscritos a diferentes tradiciones políticas, principalmente al mundo anarquista, por un lado, y al PCE-PSUC, por el otro. Hasta principios de los años cincuenta los comunistas fueron muy activos, con incursiones frecuentes en territorio español. Los maquis vinculados al anarquismo continuaron, a menudo de manera individual, la lucha armada una década más. Sin embargo, el escaso apoyo de la población a los maquis condenó esta iniciativa a su progresiva y definitiva desaparición a principios de la década de los sesenta.

 

Si bien la resistencia política y militar al franquismo desde el exterior tuvo unos resultados escasos, no se puede decir lo mismo de la resistencia cultural, sobre todo en relación al mantenimiento de la lengua y la cultura catalanas, y también del pensamiento moderno y liberal. Escritores e intelectuales llenaban con sus escritos las páginas de decenas de cabeceras de publicaciones periódicas en catalán, diarios y revistas la mayoría publicados en Francia y México que, junto con los boletines de organizaciones políticas o asociaciones mantuvieron viva la llama de la lengua y la cultura desde el exterior.

 

El 1 de abril de 1939 el general Francisco Franco firmaba el comunicado que anunciaba el final de la Guerra Civil española. Se iniciaba una nueva etapa política en España en forma de dictadura fascista edificada sobre la base del partido único FET y de las JONS, que contaba con el apoyo de dos instituciones fundamentales en el mantenimiento del nuevo régimen: el Ejército y la Iglesia Católica. Los efectos de la contienda civil y la situación precaria agravada por la política económica autárquica durante los primeros años de la dictadura, junto a la dura represión del régimen franquista sobre cualquier amenaza real o imaginada a su continuidad, crearon en aquel primer periodo de posguerra una sociedad resignada y pasiva ante la nueva situación política.

 

No fue hasta el final de los años cincuenta y principio de los sesenta que se intensificó la lucha política en la clandestinidad, sobre todo por la evidencia que la evolución de la política internacional y algunas debilidades de la propia dictadura llevarían tarde o temprano a un giro político.

 

Aquel régimen dictatorial que muchos ciudadanos catalanes y españoles, sobre todo los exiliados, habían confiado desaparecería una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial con la derrota de los países del Eje, aliados de Franco durante la Guerra Civil, se mantuvo aún durante más de tres décadas. La muerte del dictador el 20 de noviembre de 1975, junto con la debilidad de las instituciones franquistas y el activismo de organizaciones políticas y culturales en la clandestinidad condujeron a una cierta apertura del régimen autoritario. Progresivamente, gracias al impulso de las movilizaciones en la calle y las negociaciones entre las élites de las organizaciones opositoras, se llegó a una vía de transición que contenía elementos tanto de ruptura como de pacto. Con la entrada en vigor de la Constitución española de 1978, se disolvió el antiguo orden dictatorial.